sábado, 25 de enero de 2014

Estadísticas, Mentiras y Ferias de Turismo: Murcianos en FITUR

Es cojonudo ver a los alegres muchachos que representan a las instituciones del turismo en Murcia pasearse por FITUR, encantados de conocerse y dándose jabón mutuamente. Derrochan impostado optimismo y desgranan su regular goteo de creativas estadísticas en las que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Hace poco se publicaron las cifras oficiales del turismo en España en las que todo parecía mejorar en las comunidades más turísticas salvo los borrones de Madrid y Murcia. Los mismos diarios regionales que publicaron estas malas cifras para la Región, con grandes titulares, no tienen empacho en publicar exactamente lo contrario dos semanas después en boca de ufanos concejales y políticos de la consejería. Así, sin más. Probablemente entiendan que nadie se va a dar cuenta y si lo hacen dos o tres, ¡qué más da! Aquí hacemos todos las maletas y nos regalamos unas cuantas fiestecillas a gastos pagados en la capital, prensa incluida, que el erario público responde. Encima damos publicidad a un inexistente proyecto, el de la Paramount, a ver si vendemos sobre plano algún duplex a un ruso despitado; o un supuesto resort para practicar polo que hará visitar la región a lo más granado de la alta sociedad del mundo mundial, y el próximo año ya veremos qué inventamos. Para qué vamos a insistir en lo que ya hay, mejor presentar juquetes ficticios nuevos, que seguro que algo cae para cada uno: prensa amiga, políticos, allegados y arrimados varios. La de monísimas fantasmadas que llevamos oyendo este año, anunciadas a bombo y platillo, por radios, periódicos y televisiones regionales. Resulta que este año estaba prevista la llegada de cientos de miles de pasajeros a Corvera, que íbamos a ser la capital del turismo gay friendly, que íbamos a crear un Guggenhaim del vino en Jumilla, un museo de la experiencia enológica, ¡Ahí es ná!, su consejerísima esfinge dixit; que miles y miles de nórdicos llegarían a remojarse en el Balneario de  Archena, que se preveía la llegada de 20000 checos, y ahora de 40000 austriacos y no sé cuántas lindezas más: rusos, kuwaitíes, kazajos, mongoles, la teta disecada de Agustina de Aragón y hasta un dentista de León. Al final no llegaron ni la décima parte de checos, pero qué más da, no vayamos a permitir que la cutre realidad nos arruine unos bonitos titulares. Quizás en otras latitudes quien publica estas y aquellas estupendeces, se sentiría moralmente obligado a constatar al cabo de un tiempo si esto fue así, y en caso contrario a publicar con el mismo boato el fracaso de esos pronósticos y así, la ciudadanía podría pedir cuentas por el despilfarro en fiestas, ferias internacionales y demás fastos asociados a tales proyectos de propaganda. Pero en fin, eso de la prensa independiente debe ser cosa de bárbaros del norte. A los murcianos lo que nos va es la amable campechanía que tan bien sabe representar toda esa corte de ineptos. Preguntes a quien preguntes: restaurantes, hoteles, agencias, personal de las oficinas de turismo (off the record), guías de turismo, etc, todo el mundo sabe que esto va a peor, pero claro el dueño de la casa rural que está a punto de cerrar, o del restaurante que sobrevive como puede en la capital murciana, no tienen humor para irse a FITUR, y los medios difícilmente le van a dar la palabra, a no ser claro que se preste al juego, en la esperanza de pillar cacho. Es genial la apostura que muestran para declamar sin empacho las más descaradas mentiras, o estadísticas que para el caso es lo mismo. La fantástica muchachada del turismo murciano en Madrid me recuerda a esa alegre acracia de derechas, que decía Umbral, para calificar los estertores de la movida. La nota melacónlica la aporta, ¿cómo no? el doliente donzel de la triste figura, cuyo aire cool y estreñido parece siempre dispuesto a aliviar sus ínfulas líricas en el urinario de Duchamp. Al menos nos queda la red para desahogarnos y parafrasear el título de aquella sugerente película de 1989, dirigida por Steven Soderbergh, que de paso recomiendo a los más jovenes.

Las fotos son de los  destruidos Molino de Oliver en Aljucer y la Casa-torre del Conde de Heredia Espínola o Casa Grande de Alquerías. Estos no viajan a Fitur pero nos cuentan otro relato de la política cultural y turística de Murcia.

domingo, 19 de enero de 2014

Épicos momentos de heroico senderismo por el Baix Vinalopó

Montañas de sal a poniente,  brisas de intenso azul Mediterráneo a Levante, radiante sol del mediodía en sus rostros, viento en popa a toda vela; las esforzadas huestes senderistas murcianas dejaron las playas de Santa Pola para dirigirse hacia la desembocadura de su amado río Thader en Guardamar. Para ello, como dignos herederos del legendario Estratega Cartaginés Almílcar Barca, cruzaron las bravías aguas del Vinalopó. Por más que hoyaron su suave y frío lecho, no lograron encontrar sus restos, enterrados, según se cuenta, en este proceloso río. El padre del gran Aníbal pereció al intentar cruzar su mítico cauce, herido y exhausto por el hostigamiento de las hordas oretanas. Arremangados de rodilla y bajo muslo, poco prietas las filas y menos firme el ademán,  desafiaron de nuevo el frío, la naturaleza hostil y la historia para rendir homenaje a su legendario caudillo, quien hace la friolera de  2300 años ya practicaba, cortejado por entrompados elefantes y fieros guerreros nubios, precursoras gestas senderistas en tierras ilicitanas . Al tiempo que dejaban sus huellas sobre la más que pesada y cansina arena de la playa del Pinet, hacían patente su desafío para antiguos oretanos y actuales pobladores de Ílice.  Que por cierto ya no son los aguerridos pueblos íberos de antaño, ni rubios mastienos o morenos almohades; las modernas invasiones bárbaras tienen la peculiar forma de amables parejas de entrañables jubilados de suaves maneras, ojos glaucos y azulados y voz queda que balbucean oscuras lenguas de más allá del salvaje Rhin. El señorío de Elche con sus oasis de palmeras siempre fue patrimonio del Adelantado del Reino de Murcia, por más que el astuto rey de Aragón, Jaime II, usurpara al joven Don Juan Manuel estas tierras tan murcianas, para incorporarlas a la Corona de Aragón. Y así lo quieren hacer constar estos fanáticos del paso cada vez que cruzan los mojones actuales del Reino de Murcia.
Llegados a las dunas de Guardamar, los senderistas merodearon por los pinos, subiendo y bajando por estas bellas montañas de arena, hasta alcanzar la gran duna, donde otearon la playa y el ancho mar. Llegados a la desembocadura del Segura, donde su amado Thader se funde en el Mare Nostrum, folgaron y degustaron toda suerte de pitanzas, caldos y manjares, para finalmente volver a la Marina por la playa. En fin, otra heroica epopeya garbeísta que a buen seguro pasará a los anales de la rebelión senderista.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Viajes y Garbeos Literarios: Estambul de la mano de Orham Pamuk. Museo de la Inocencia.

Viajamos a Estambul con Museo de la Inocenia, la novela de Orhan Pamuk (Estambul, 1952). La primera publicada después de ganar el premio Nobel (2006). Qué hermoso es encontrar aún grandes novelas de amor y además ambientada en esa fascinante ciudad a medio camino entre oriente y occidente. El hecho de que se desarrolle en los años setenta y ochenta, la hace aún más atractiva e interesante.

Este "Museo de la Inocencia" narra el amor entre un hombre de treinta años llamado Kemal y la joven Fösun de dieciocho.
Es éste un blog de viajes y lo que llamo garbeos literarios, por lo que subrayo este aspecto viajero sobre el tema erótico principal en la novela.
La eterna Estambul es un privilegiado marco para un nuevo capítulo de la universal historia de encuentros y desencuentros del amor. Casi todo sucede en los renombrados barrios acomodados de la ciudad, por donde se mueve la clase alta turca, un ambiente particular en el que contrastan la riqueza y la miseria, el pasado otomano y la Turquía laica refundada por Ataturk; las vistas del Bósforo, el tipo de inmuebles unifamiliares donde vive la clase acomodada, los callados empleados que guardan en silencio las reglas del Islam, mientras los señores no van a la mezquita y beben alcohol a placer.
Son las contradicciones de Oriente, que antes se dieron en Teherán, y ahora en El Cairo o Alejandría, o en tantas capitales del mundo musulmán.
Hace años visité el Cairo y después Estambul, ciudades que poblaron de eróticas sugerencias mi fantasía adolescente, y debo decir que, al margen de las conocidas bellezas y atractivos que ofrecen al visitante, uno no se entera de nada de lo allí se cuece. Se tiene continuamente la sensación de ser un mero accidente turístico, algo impostado y futil, completamente al margen del complejo universo, del laberinto de pasiones que, no obstante, se intuye en cada rincón. Sin embargo, apenas se nos permite rasgar su superficie.  Por mucho que visitemos esas fascinantes ciudades de oriente nunca alcanzaremos siquiera a atisbar un ápice de su hermosa complejidad humana, de su alma oculta y profunda. 
La buena literatura se torna así el único medio para acercarnos a la comprensión de tan sofisticada realidad. Es por ello que recomiendo encarecidamente la lectura de este tórrido novelón de amor a la sombra de los espigados minaretes de la antigua Constantinopla, de esta genuina pasión turca y universal. Es una mirada oblicua sobre la ciudad. No encontraréis descripciones de Topkapi, Santa Sofia, la Mezquita Azul, o el Cuerno de Oro, pero allí están, dando amparo a los devaneos eróticos de la pareja protagonista.
Tanto si vais a viajar a la antigua Bizancio, como si lo habéis hecho ya, y guardáis como yo esa incómoda sospecha de no haber entendido un pijo, como diríamos en la soleada Coponía murciana, de haber pasado de puntillas por uno de los grandes escenarios de la experiencia humana,  la novela os brindará la oportunidad de sentiros partícipes del espíritu de esta hermosa ciudad y sus sinuosas pasiones.
Como casi todas las auténticas joyas de la literatura contemporánea, pasan sin hacer mucho ruido. Hace unos años que dejó de tener interés editorial y desapareció de los estantes de las librerías, pero aún puede encontrarse. En cualquier caso en la red se puede comprar o descargar en un minuto.
¡Buen viaje!

sábado, 30 de noviembre de 2013

Ruralismo Vacacional Incontralado: la amenaza sistémica del Síndrome Labordeta.


Un nuevo y pernicioso fenómeno estival se extiende amenazador por tierras castellanas, dehesas extremeñas, el Páramo leones o el Maestrazgo turolense; surca caminos rurales, antiguas cañadas reales, vaguadas y regatos. Hasta Sanabria, la Alcarria, las Bárdenas o el Alto Campoo llega su estela. Ni las apartadas Sierras de la Cabrera o los Ancares, la Urdes, la Sierra de Segura  o las hoces del Duratón se libran de su influjo. Se llenan pueblos y aldeas del interior y se vacían las hasta ayer congestionadas playas de la costa. Es lo que los gurús en tendencias llaman con cierta sofisticación "neorruralismo estival incontrolado". En cristiano: "que en agosto nos vamos pal pueblo y a la playita que le den.." ¿ Es esta atrabiliaria moda una versión remozada del castizo "Menosprecio de corte y alabanza de aldea", que ya hacía furor en nuestro siglo de oro? Me barrunto que es algo más serio y que empieza a cobrar tintes de auténtica epidemia. Y lo peor es que amenaza con poner la puntilla a nuestro lucrativo modelo vacacional basado en lujosos beach resorts, campos de golf, puertos deportivos, gasto y consumo a gran escala, reestructuración, que no destrucción, de la costa y pingües beneficios, ...para algunos.
Tras los daños ocasionados por los devaneos senderistas y garbeístas al modelo de negocio turístico social y económicamente establecido, nos llega este éxodo masivo de veraneantes al pueblo que, de no tomar medidas contundentes, acabará por destruir , no ya el propio sector, sino nuestro mismo sistema de valores basado en el consumo y la economía de mercado. Es lo que yo llamaría síndrome Labordeta: el infortunado cruce de cepas víricas caminantes, ADN aldeano, botijo, cecina de León  y una jotica de Huesca.  Ruina, caos y abajo el chiringuito.  Ce n'est pas une revolte, Sire. C'est une revolution !
Y es que fue en parte instigado por estos caminantes de medio pelo, portadores de trasnochadas inflitraciones antiglobalización, y en parte azuzado por la pertinaz crisis que las mismas ínfulas caminantes de la internacional senderista provocaron. ¿Y qué podemos hacer además de observar atónonitos la expansión de esta destructiva pandemia?
En un principio trató de encauzarse el asunto, con lo que vino a llamarse turismo rural. Fomentados por comunidades autónomas, fondos europeos y ayuntamientos, establecimientos monísimos, llenos de impostado tipispo y estratégicamente situados, brotaron como setas por toda la geografía española. Raramente llegaron a mantener índices de ocupación aceptables, salvo algún que otro pico estacional motivado por un coyuntural puente festivo. A la postre contribuyeron sin pretenderlo, a la crítica situación en que nos hallamos. Urbanitas ya contaminados por el virus garbeísta, llegaron, vieron, caminaron, pagaron y tomaron nota de otras posibilidades. La crisis, el desempleo, los altos precios en algunos casos, hicieron el resto. El resultado es que en plena calima de agosto, numerosos pueblos en Castilla, Aragón, Navarra o la misma Coponia murciana se hallan atestados de furibundos ruralistas vacacionales que hacen oídos sordos a los cantos de sirena del consumismo estival,  al tiempo que modernos complejos hoteleros en la costa, ven seriamente mermados sus ingresos. Ciertamente, el apreciable aumento de turistas foráneos no parece compensar la sustancial merma de veraneantes patrios. Pero qué tienen los pueblos del interior para haber provocado tamaño vuelco en las preferencias vacacionales del aborigen hispano.
Resultan enormemente inquietantes los informes que diversos agentes, enviados por la Administración y la patronal del sector, nos envían desde distintos puntos del interior peninsular.
En primer lugar,  aducen estos sujetos, uno no se gasta un duro. Los hay que con la excusa de visitar a los abuelos que quedaron en la Carballeda o las Merindades, se plantan allí todo el mes y no pagan ni el vino. Los solícitos abuelos les abren gustosos las puertas de su antiguo caserón rural, ahora equipado con wi-fi y piscina, les ceden sus mejores alcobas y los agasajan con sabrosos tomates o calabacines de sus huertas;  y hasta les compran el orujo, el queso o el chorizo que amorosamente fabrica un simpático lugareño. Si hasta guardan las antiguas bicicletas y juguetes que ahoran disfrutan los nietos.
El climax, aducen los secuaces del rurarismo estival, viene con las fiestas patronales. Curas y alcaldes rurales se confabulan para ofrecer lo mejor a los fanatizados visitantes, algunos añadirían descarados. Verbenas y festejos gratuitos hacen las delicias de estos caraduras, por no nombrar las simpáticas actividades para los niños, con monitores a cargo del erario municipal. Los obispados implicados ya han sido advertidos a fin de que moderen tanta actividad festivo patronal, tanta romería y tanto juego floral, pero ven imposible refrenar el ímpetu pastoral de sus parrocos, que rebrota ante la inusitada afluencia de nuevos feligreses. Para colmo, muchos pueblos usaron las perricas del tan denostado plan Ê, para construir bonitas piscinas fluviales junto a sus regatos, lagunas o en las múltiples colas de los antiguos pantanos. Si hasta en esto la culpa va a ser de Zapatero y la herencia recibida. No pasen por alto el apellido del expresidente de más que dudoso origen converso. Los gentilicios y apellidos que hacen referencia al oficio familiar nunca fueron de cristianos viejos, y en este caso, los zapatos tienen además sospechosas connotaciones caminantes.  Afirman algunos de los más fanatizados prosélitos neorruralistas que el ambiente de esas playitas fluviales y lacustres les recuerda el de su infancia. Si hasta traen camiones de fina arena para que los niños hagan castillos y los adultos claven su ridícula sombrillita años 60. No están saturadas, aduce un informador infiltrado en Villardeciervos, porque a pesar de la masiva afluencia de urbanitas, se encuentra una cada pocos kilómetros. No hay que pagar tumbonas y el alquiler de un patín o piragua cuesta lo que en Torrevieja  un botellín de agua. Una vez en el pueblo, caída la tarde, el espectáculo es bien preocupante. Tomamos como referencia San Pedro de Ceque, pequeño pueblo por los zamoranos valles de Benavente, entre el valle del Tera y el de Vidriales. Terracitas llenas de gente, pero sin agobios, cortos de cerveza a 70 céntimos que incluyen sabrosas tapas de gastronomía rural: crestas de gallo, morro; cubatas a 2€ que se degustan bajo un hermoso Castaño de Indias o un frondoso olmo. Los niños campan a sus anchas por la plaza sin tráfico hasta altas horas de la noche, o juegan en las antiguas eras de cereal, ahora convertidas en cuidados parques infantiles con todo tipo de balancines, donde no falta el "yayogym" para que los abuelos les echen un vistazo al tiempo que cuidan su colesterol. Es raro el día que no hay una paella, parrillada o caldereta por el morrete  en alguno de los pueblos de la zona. Los financian  asociaciones de cazadores u otros beneficiados por el aprovechamiento de montes, bienes comunes u otros resabios de comunalismo medieval. El gobierno ha tratado, hasta ahora en vano, de privar a los pueblos de esos tradicionales derechos de los bienes comunales: madera, setas, caza, pesca, que acaban revirtiendo en las arcas municipales y contribuyendo a fastos que fomentan tan nefasta tendencia vacacional.
Y no queda ahí la cosa. Estos ociosos sujetos de las más dispares calañas comparten ideas y experiencias, y combinan múltiples posibilidades de esparcimiento conjunto. Los hay de Asturias, de Madrid, de las Vascongadas, hasta vienen de Francia, Suiza y Argentina. Son los retoños de aquellos emigrantes de antaño que regresan al terruño de sus abuelos. Partidas al tute, salidas al monte a por setas, a pescar al Tera, o en bicicleta hacia Uña de Quintana, Junquera de Tera o Ayoó de Vidriales (el sabor a rancio abolengo de castellanos viejos que evocan estos nombres, no ha de ser óbice para el juicio que nos merecen las dañinas prácticas vacacionales que abrigan).  Las fechorías ruralistas se prodigan por caminos de tierra que atraviesan choperas, fresnedas o bosques de robles y encinas milenarias. Acompañan el cadencioso pedaleo, cernícalos, abubillas, halcones, aguiluchos y cigüeñas. Los hay que prefieren garbeos a pie, hacia Brime de Sog, Molezuelas de la Carballeda o Camarzana de Tera (¡ hay que joderse con los nombrecicos ! ). No es raro cruzarse con corzos o venados si se garbea en silencio. Ahora hasta resulta que  merodea un oso por la Carballeda. El plantígrado golosón fue sorprendido con las zarpas en la miel de unas colmenas en Muelas de los Caballeros.
Por la noche refresca, y alegan estos contumaces prosélitos del neorruralismo vacacional, que no hay mayor lujo que echarse una manta para dormir en agosto. Échense a temblar los 5 estrellas de Estepona o Benidorm con sus climatizaciones y aires acondicionados. Y para estrellas, las que se ven en una noche de luna nueva desde el exterior de las tradicionales bodegas de barro del pueblo. Sin contaminación lumínica en leguas a la redonda, el cielo regala perseidas, lágrimas de San Lorenzo, osas mayores y menores, una vía láctea sin desnatar. Todo tipo de astros se muestran impúdicos al atónito observador. Un espectáculo ciertamente obsceno,  especialmente cuando uno se halla reunido en una bodega, disfrutando de la amistad al tiempo que prepara pantagruélicas parrilladas de carne, chorizo y panceta; tintos de Toro y queimadas de orujo casero, mucho orujo.
Causa rubor el mero hecho de mencionar estas prácticas vacacionales que cuestan dos perronas, no generan plusvalías y atentan contra un modelo turístico hecho de Qs de calidad y banderas azules.
   Fue precisamente tras una de estas infaustas veladas en una bodega tradicional, que dejamos de recibir información de nuestro agente infiltrado. Cuentan los lugareños que bebió del filtro de amor que le ofreció una lozana moza de tierras de Sayago, y que el hombre, tras pelar la pava bajo la noche estrellada,  quedo preso de su particular síndrome de Estocolmo, ha dejado el servicio, se ha convertido en adalid ruralista y ha decidido establecerse en la Carballeda. Poseído de la fe del converso vendió el apartamento en Mazarrón y compró casa y tierras en Rionegro del Puente. Y aún le sobró para hacerse con unas viñas abandonadas que injertó de Prieto Picudo.  Cría conejos y gallinas, planta garbanzos, ajos, tomates y repollos, y completa sus ingresos recogiendo setas, leña y dulces moras; también pesca barbos, carpas, truchas y cangrejos en el río Tera. 
Inquietante, ¿verdad?  Pues hagan oídos sordos a estos malintencionados rumores y sigan contratando sus vacaciones en La Manga o Santa Pola. Peleen por un minúsculo rinconcito bajo el sol donde apostar su toalla, consuman de la forma más insostenible que hallen, hablen poco con los vecinos, lean menos y vean más la tele. Es la forma más eficaz de prevenir el contagio ruralista y la sintomatología propia de síndrome Labordeta.

viernes, 29 de noviembre de 2013

GUÍAS DE TURISMO, otro oficio de la cultura en peligro.


Son muchos y variados los afectados, resultados nefandos y daños colaterales que va dejando esta pertinaz crisis. Aquí penan desde compañías de teatro a sexadores de pollos o picardías de Abarán, por no hablar del anquilosamiento formal del cante por alegrías o de la constatable merma de calidad del semen patrio. Aunque haya de ponerme a la variopinta cola de plañideros, yo voy a hablar, como diría Umbral, de mi libro, en este caso mi trabajo : las visitas guiadas. En especial, de la degradación, propiciada en parte por la Administración,  de una profesión, la de Guía de Turismo, acerca de la que no hace tanto se deshacían en halagos respecto a su importancia. De una parte, se desregula su ejercicio, y de otra se consiente el intrusismo, cuando no se favorece activamente por parte de ayuntamientos y otras entidades públicas. Se acaba trasladando al público la idea de que cualquiera con algo de labia y amplia sonrisa puede servir para estas simpáticas labores relacionadas con el ocio, el tiempo libre y eso tan vaporoso que es el entretenimiento turístico. Al final acaba valiéndonos el apuesto sobrino del concejal del pueblo, un avispado taxista, un estudiante Erasmus de paso por la ciudad, o el del carrito de los helados. Es por ello, que estimo necesario informar a turistas, garbeístas y viandantes varios, que visitan nuestras ciudades y desean conocer y entender el lugar en que se hallan, sobre lo que puede aportar un guía profesional habilitado para tales menesteres.  Para empezar, sepan ustedes que un guía de turismo habilitado no es un historiador, ni geógrafo, ni experto en arte, ni geólogo, biólogo, profesor o periodista, ni siquiera graduado en empresas y actividades turísticas, si bien es probable que tenga alguna de estas titulaciones. De hecho, su acreditación parte de un grado o licenciatura universitaria, a la que suma una amplia cultura general y conocimientos particulares sobre su Región, de los que tiene que dar cuenta en exigentes exámenes de contenidos varios a fin de obtener una habilitación oficial. En los tiempos que corren, de devaluación del conocimiento, menosprecio de la cultura, de desregulación, intrusismo interesado y ninguneo por parte de la Administración, cuando no simple desconocimiento por parte de los gestores públicos de la  normativa, que ellos mismos crearon, se hace necesario reivindicar ante la sociedad la figura del guía oficial de turismo. Hoy se difunde interesadamente la idea de que cualquiera puede realizar esa tarea. Todos, desde agencias a oficinas de turismo eligen ahorrar en este capítulo, de forma y manera que los propios ayuntamientos y entidades públicas que se llenan la boca con sus Q de calidad y demás parafernalia, obvian lo más evidente al descuidar la importancia de estos profesionales y dejar sus visitas guiadas en manos de aficionados más o menos voluntariosos.
Lo que nos diferencia de un arqueólogo, licenciado en Arte o historiador,  titulaciones que, insisto,  la mayoría tenemos, no es la calidad o cantidad de nuestros conocimientos, sino la capacidad de integrarlos en un relato claro, comprensivo y adaptado a las necesidades e intereses de los grupos más variados.
Un guía profesional ha de ser capaz de sacar partido a lugares y paisajes: a ese museo que a ojos legos parecería más un almacén de cachivaches hidráulicos; o convertir un montón de sillares de arenisca en un yacimiento único; un aparente secarral  en la expresión de un rico ecosistema plagado de endemismos de enorme valor medioambiental. Eso, señores,  no sabe hacerlo un lorito voluntarioso, quien se limitará a recitar un guión previamente memorizado, cuyo contenido dudo que entienda en toda su complejidad, y que en el mejor de los casos no sabrá dónde situar  matices y acentos, ni qué información ponderar. Son mensajes que no calan en el visitante porque asemejan los de autómatas parlantes.
Es la selección de la información, más que el detalle, la integración de lo singular en el marco de conocimiento general del visitante lo que constituye la esencia de lo que ofrecemos. Una pincelada sobre procesos osmóticos en el interior de la célula, favorecidos por la alta salinidad de nuestro Mar Menor, despierta el interés del visitante en los valores terapéuticos de la laguna; el relato de una colisión de placas geológicas sirve para explicar en unos segundos la riqueza mineral de la costa cartagenera y la  fertilidad agrícola de la llanura, antaño sumergida. La profesionalidad la hace el conocimiento y la reflexión sobre la práctica. Es la selección, el orden de la explicación, la preparación de la ruta y el sentido de oportunidad de esta o aquella información, el quid de nuestro trabajo. Y esto no se improvisa, se adquiere con años de trabajo, de estudio, y con una curiosidad insaciable hacia los múltiples aspectos que conforman nuestro espacio, amen de amor a la tierra y el placer de hacer partícipes a los demás de aquellos valores patrimoniales que desde niños hicimos nuestros. Es un trabajo en gran medida vocacional, al que la mayoría hemos llegado por caminos imprevistos. No es que quisiéramos ser guías y a partir de ahí empezáramos a adquirir los mil y un conocimientos que compartimos con los visitantes. Nos gustaba viajar, aprendimos idiomas y sentíamos una amplia curiosidad hacia tradiciones, historia, naturaleza, flamenco, gastronomía local, artesanía, rocas; además nos encantaba compartir esas inquietudes con los demás. Son conocimientos y habilidades que uno ha de tener antes de prepararse para el examen de acreditación. A partir de ahí, el entusiasmo, el trabajo y la práctica forman a un buen comunicador en cuyo discurso descansa buena parte de la imagen que el visitante tendrá de la ciudad o la Región.
Un arqueólogo tiene conocimientos profundos de su campo pero no tiene por qué saber comunicar y adaptarse a públicos tan variopintos. Y en cualquier caso no distinguirá nuestra uva monastrell de la garnacha, ni una taranta de una cartagenera,  ni distinguirá la tetraclinius articulata o sabrá de sistemas de regadío tradicional, a no ser, claro, que se haya preparado para ello.
En el ejercicio de este trabajo he tratado con los clientes más dispares que uno pueda imaginar. Clientes japoneses,  ajenos completamente al concepto cristiano de la Virgen y los santos mártires, que quedan fascinados ante la fachada de la catedral de Murcia.  Imaginen hacerles entender las lindezas del dogma de la Inmaculada Concepción o el complejo mundo de advocaciones e iconografía mariana. Les aseguro que unas nada improvisadas pinceladas no llevan a entender la complejidad del mundo católico, pero sirven para dar un sentido inmediato a la maravilla que contemplan sus embelesados ojos rasgados de shintoismo. Los irlandeses quieren saber qué hace su San Patricio en la fachada, y hay que saber resumir en un minuto la complejidad histórica de la Reconquista. Un periodista ruso queda fascinado por la intensidad emotiva de una minera, poblada de barrenos y melismas flamencos, cuando su singularidad es sencillamente explicada, hasta el punto de interesarse enormemente por lo que consideraba una mera manifestación folclórica hecha de olés y atrabiliarios giros de manos. Ante un grupo de ganaderos cordobeses habrá que centrarse en la historia del regadío en la huerta, problemas políticos en torno a trasvases y uso del agua. La importancia de los derechos de riego asociados a las parcelas;  acequias, tablachos, estíos bestias y relatos de dantescas inundaciones que arramblaban con puentes, cosechas y barracas, o la pervivencia del Tribunal de Hombres Buenos, quedan explicados frente a la maravilla renacentista de la Puerta de las Cadenas, donde a la sazón se reunía esta singular institución. Y les aseguro que muestran interés y preguntan hasta la extenuación a su guía, ese intérprete del patrimonio en toda su extensión, nada improvisado, que hace que sus tres o cuatro horas de paseo por la ciudad cobren una dimensión diferente, que oídos curiosos se abran a una nueva percepción del entorno. Y ello gracias a la oportuna inclusión de contenidos que, debidamente cocinados, permiten que turistas japoneses, periodistas rusos o ganaderos cordobeses los degusten e integren en su propio mundo de saberes y experiencias previas.  Ése es el valor del guía, hacer del paseo por nuestra región una experiencia de conocimiento grata y significativa, convertir esas horas en algo distinto y precioso, multiplicar con nuestra labor el valor de su tiempo y lo invertido en la visita. Se trata de facilitar, en suma, la contemplación  de lo que de otra forma pasaría desapercibido.
También nos hace daño cierta idea simplista e interesada del entretenimiento y la diversión ligada a una visita cultural. Los guías no somos bufones de feria, ni cuentachistes, ni estamos para provocar unas risas. Para eso existen otros profesionales. Somos otra cosa. Amen de gente amable y habituada a tratar con el público, que conoce la importancia de romper el hielo aquí o no desaprovechar la ocasión de una broma allá, somos conscientes de que lo nuestro no es divertir, es otro mester.  El concepto de entretenimiento, de pasar el rato, se halla tan devaluado que dudo que se pueda aplicar a lo nuestro. No estamos para matar el tiempo, en todo caso para llenarlo, avivarlo y hacerlo valioso, para sembrarlo de inquietud por las cosas, para enriquecer, con nuestro entusiasmo por el patrimonio, la visita de nuestros clientes, y para crearles la necesidad de saber más y volver a visitarnos, ya que siempre es mucho lo que quedó por descubrir.
Si tenemos esto en cuenta, nunca resulta excesivo la contratación de un guía. Apenas importa lo que una noche en un hotel y ofrece algo que perdurará en su recuerdo. Les animo pues a considerar estas razones cuando ponen su valioso tiempo de ocio en manos de aficionados que no garantizan ni de lejos la calidad de un profesional. Incluso la visita de su propia ciudad acompañados de un buen guía puede resultarles una experiencia inesperada y reveladora, como estoy cansado de comprobar. Responsables de empresas murcianas que acompañan al grupo foráneo para el que contrataron la visita, o profesores locales que coordinan proyectos europeos u otros intercambios, son ellos quienes a la postre mayor partido sacan a las visitas al descubrir aspectos desconocidos de la calles y plazas que recorren a diario. Consideren la posibilidad de contratar a un guía profesional cuando tienen invitados de fuera, o simplemente cuando un pequeño grupo de amigos decide pasar una jornada de domingo en ese hermoso pueblo que es Cehegín, o Mula, o Cartagena, o esa maravillosa y desconocida ciudad por muchos murcianos que es Lorca,  o qué decir de Caravaca o el Valle de Ricote. No sólo les merecerá la pena, sino que contribuirán a mantener la calidad y dignidad de uno de los oficios de la cultura, no el único, al que la tan manida crisis, unida a la desidia o ninguneo de parte de la Administración y otros actores del mercado turístico, amenazan con hacer desaparecer, o lo que a mi juicio es peor, degradar hasta el punto de resultar una labor irrelevante ejercida por aficionados.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Furibundas huestes senderistas vuelven a desafiar la historia y se internan desde Cieza hasta las puertas del Valle Morisco

Las furibundas huestes senderistas vuelven a desafiar historia,  decretos reales y hasta la forma de cazarse la boina.  En busca de absurdas identidades y yayofláuticas memorias históricas,  rememoran turbias caminatas de cuatro siglos atrás  Sí señores, estos incorregibles fanáticos del paso vuelven a hoyar las antiguas tierras moriscas de la Medina Siyyasa, Abarán y Blanca, y así  hasta el Azud de Ojós, a las puertas mismas del Valle de Ricote, donde hace ahora 400 años, en diciembre de 1613, se expulsó a los últimos moriscos de España. ¿Qué oscuros propósitos guían sus, sólo en apariencia, erráticos garbeos? No, no crean que esto es casual, ni que tienen la intención de conmemorar tan justa expulsión de falsos cristianos, gentes judaizantes, sarracenas y de mal vivir. Se rumorea que entre las filas senderistas hay gentes de oscuros y dudosos linajes, sangre impura de falsos conversos: los alcaraz, benarés, banegas, buendía, illán, gallego, maestre, herrero, y ¿cómo no?, el culpable de todo: ¡ zapatero! Estos sujetos, a lo que vienen es a desafiar el antiguo decreto de nuestro bien amado monarca. Quieren que vuelvan sus descendientes y revertir así las disposiciones regias.
Sepan ustedes que la expulsión de los moriscos de la Monarquía Hispánica fue ordenada por el rey Felipe III y fue llevada a cabo de forma escalonada entre 1609 y 1613. Los primeros moriscos expulsados fueron los del Reino de Valencia (el decreto se hizo público el 22 de septiembe de 1609), a los que siguieron los de Andalucía (10 de enero de 1610), Extremadura y las dos Castillas (10 de julio de 1610), en la Corona de Castilla, y los del Reino de Aragón y el Principado de Cataluña (29 de mayo de 1610), en la Corona de Aragón. Los últimos expulsados, y de allí viene tan arraigada tradición de ser los últimos en casi todo, fueron los del Reino de Murcia, primero los de origen granadino (8 de octubre de 1610), y más tarde los del valle de Ricote y el resto de moriscos antiguos (octubre de 1613). Tras la promulgación de los decretos de expulsión, se celebró el 25 de marzo de 1611 en Madrid una hermosa  procesión de acción de gracias "a la que asistió Su Majestad vestido de blanco, muy galán", según relató un cronista. En total fueron expulsadas unas 300.000 personas. Una hermosa gesta histórica de la que algunos, entre ellos los senderistas, pretenden ahora que nos avergoncemos. Y no debemos consentirlo, los motivos son de sobra conocidos y bien justos. Pues estas gentes robaban gallinas y pertrechos, y confundían a las buenos cristianos con sus falsas conversiones. Se dice que raptaban niños de pecho y los cocinaban en pelotas con fuertes especias para mofarse de las entrañables celebraciones navideñas de sus convecinos, viejos cristianos de sangre.
Murcia se convirtió en el último reducto de los moriscos que se resistieron a salir de la Península Ibérica. Concretamente los moriscos del Valle de Ricote, que habían convivido durante cientos de años con la población cristiana, se ocultaron en cuevas y porfiaron por quedarse en lo que, decían los muy ladinos, habían sido sus casas durante siglos. Finalmente marcharon. Y todo eso a pelo, sin AVE, ni Ryan Air, a patita, en burro y en hacinadas galeras desde Cartagena.
     Entre el 3 y el 13 de diciembre, las tropas cristianas detuvieron a los moriscos de Villanueva del Río Segura. Los días 17 y 18 llegaron a Cartagena los moriscos de Ricote para su expulsión a Mallorca, concretamente fueron doscientas mujeres casadas. El segundo grupo salió el 25 de enero de 1614 rumbo a Orán. En enero fueron unos 270 moriscos quienes marcharon a Génova, Liorna y Nápoles. Desde Abanilla y Fortuna salieron cerca de 1.700 moriscos, un millar de Pliego y de las pedanías murcianas de Javalí, La Ñora o La Raya. Quedaron prácticamente deshabitadas poblaciones como Ceutí, Campos del Rio, Lorquí y Las Torres de Cotillas. A todo ello hay que añadir que la Inquisición valientemente sentenció y ejemplarmente ejecutó entre 1557 y 1568 a 154 moriscos por practicar la religión islámica. Entre 1562 y 1585, 17 personas del Valle de Ricote, de las que 16 eran de Blanca (entre ellas los alcaldes Luis Ramí y Francisco Jufré) fueron felizmente ejecutados, siendo el resto justamente expoliado de tierras y propiedades, torturados y expulsados.

     Pero por desgracia, no todo marchó como había previsto nuestro sabio monarca de aquel tiempo. Arraigados a su tierra natal, muchos de los moriscos regresaron de incógnito, en lo que se nos antoja una precursora modalidad de malhadado protosenderimo, nocturno y alevoso; permaneciendo ocultos y  creando familias que durante siglos vivieron en el Valle de Ricote, Albudeite, Fortuna y Abanilla. Se rumorea que muchos vecinos, haciendo gala de una mal entendida caridad cristiana, les ayudaron a ocultarse y les proveyeron de pitanzas en las cuevas y recovecos del escondido valle. Jerónimo Medinilla, visitador de la Orden de Santiago, censó en 1634 ante su sorpresa una gran cantidad de moriscos que habían regresado o no habían sido expulsados y vivían en el Valle de Ricote de forma ilegal. Muchas de esas ramas familiares moriscas, bajo apellidos castellanos, han llegado hasta hoy y se dice que, como antaño, han encontrado amparo entre las gentes de la bota y el bastón. ¿Acaso no se han percatado de los cabellos crespos que se ocultan bajo las gorras, de esos rostros cetrinos y subidos de tono que abundan entre tan atrabiliaria mesnada? Y esos sospechosos apellidos que engrosan las huestes senderistas. Sin ir más lejos, observen en la última foto a su nueva lugarteniente, quien con el pelo ensortijado, los ojos acastañados y la tez aceitunada dirige con paso firme, armada de bastón y amplia sonrisa, tan peligrosa banda de caminantes. Se hace llamar Loles de la Arboleja, pero hay quien dice que es vástaga de un noble linaje andalusí, que sus pasos se remontan a los Ibn Mardanis de Albudeite, que es una fingida Zoraida salida de las Mil y una Noches, y no del Romancero Castellano.

Salieron pues estos sujetos, el domingo 24 de noviembre del presente, de la Madina Siyyasa, tantos siglos abandonada en lo alto del risco, liderados por la subsodicha Loles. Mientras tanto su adalid mayor,  el porfiado heraldo de Torreagüera, para despistar, se había hecho fuerte en lo alto de la Sagra, en la frontera con el reino nazarí de Granada. Una ingeniosa maniobra de pinza y bota.
Sigilosos caminaron raudo hasta Abarán, atravesando el Menjú y tantas feraces huertas que riegan las acequias del Segura. No encontraron apenas oposición. Tan sólo reseñar que modernos caballeros de Abarán, con casco en lugar de yelmo, les salieron al encuentro a lomos de briosos corceles de dos ruedas. Al parecer celebraban un torneo / carrera de bicis de montaña. Con sutiles y ágiles contoneos de cadera, los senderistas los esquivaron apartándose a un lado del camino. Algún jinete se piñó y dio de bruces en el sendero, pero no llegó a más la escaramuza.
Ya en Abarán, los senderistas tomaron posesión de las distintas Norias y folgaron a sus anchas en la playa fluvial y el parque municipal. Compartieron pitanzas y caldos de Yecla y de Jumilla. Incluso se hicieron servir de los solícitos taberneros del chiringuito cercano.
La marcha continuó por la ribera derecha hasta la Peña Negra de Blanca. El desmochado castillo se vio impotente ante sus pasos, y sin oposición alguna, bebieron la última cerveza en los mesones y posadas de Blanca. Al salir, en autobús subieron hacia el mirador de Bayna y contemplaron el azud de Ojós, ahora franco para sus pasos. Pero en un alarde de autosuficiencia, sabiéndose invencibles, despreciaron la toma del valle de Ricote. Simplemente partieron como habían llegado. No obstante, dejaron claro su mensaje. El Valle es suyo y a Ulea, Ojós o Ricote retornarán cuando gusten, y ningún monarca osará expulsar de nuevo a los antiguos linajes moriscos de estas tierras. 

Hay que hacer notar que las fotos fueron tomadas por valientes infiltrados,: las buenas son de Paco Portillo  y Felisa,  y las no tan buenas de un servidor